Nos reíamos, ella y yo, tirados óseos entre ósculos de la cultura, entrecomidos por el tejido raso del sillón, con las ventanas bajadas y un aire inadvertible redondeándonos los ideales, proyectados como perdigones por la cabeza, inmersos en el afligido mar caluroso de abril en la costa levantina. Qué aire respirábamos aquellos días... No había momento alguno en que la piel no se estremeciese a la pasada del sudor, del contacto, tan desnudo como ambos, tan... irrevocable, ahora. Nos reíamos del afán. Existía cuando nos dejábamos amar, una búsqueda incontrolable en nuestras extremidades de galopar sobre el lomo de nuevas experiencias. Y sólo una vez tanto lomo fue caballo. Y otras tantas, nos congeló. Nos paralizó, nos sonrío a la cara, nos coviritió en Pantera. Nos unió.
Pantera es dulce, es enormemente tierna y sus labios son carnosos. Tal pieza ofrece el trampolín a sus palabras, reconvertidas, pinceladas de ilusión. Pantera busca. Pantera encuentra. Y no encesita más que sus palabras, este abrasador calor y el sabor a sal del mar que, sin quererlo, nos dejó hundirnos entre sus olas, tan opacas y onduladas, tan enrrevesadas, que nunca creerías perdonártelo. Pero, Pantera, sólo existimos tú y yo.
Sólo hay dos posibles trayectos. Sólo hay un posible final. Y tú, me sabrás encontrar. Nos reíamos, ella y yo, de no poder bebernos. Por no poder llorarnos.