miércoles, 26 de mayo de 2010

Sin paracaídas.


Hay vientos, y vientos. Y existen mil y una formas de redondear su cara, y ninguna como la de los dedos de Poniente. Y todas como Levante. Pase lo que pase, entra tantas arritmias de este sistema imaginario que, sí, una vez más, le imagina por todo el humo que cabe en mi pecho, humilde, rugoso, viejo.

Existen, por supuesto, otras tantas formas de ganarte y ninguna de perderte. Y esta pequeña experiencia que, “inacumulada”, lanza su parte del juego sobre tu tejado, no ha aprendido nada del aire, que, en movimiento, empalma tu pelo. Que lo riza en ricos rizos pequeños donde no cabe el aura que tengo colgado: un cerco de celdas, un circo de locos.


Existe, por supuesto,


un árbol donde tú


y



yo,



ya no hacemos el amor,



descolgados,



cayéndonos



sin


.


.


.