miércoles, 3 de noviembre de 2010
Crónicas de mi libertad
Aristóteles afirmaba, además de que las ballenas eran mamíferos y los pulpos eran fieles a su virginidad -al menos en cierta medida-, que el hombre es un animal político: un zohón politikón.
Desde luego, sólo hace falta remontar un poco el río de nuestra historia y ver que, en unas u otras aglomeraciones sociales surgen, de forma espontánea -que no natural-, virtudes directamente extrapoladas al orden, a la estabilidad del seno social, y que tienen como cúpula la función del liderazgo. Lo que es estable, es virtud y procede del virtuosismo, al menos etimológicamente, o, incluso gramaticalmente. Yo odio la política, cada día más. Y, la decisión de dedicarse a ella toma forma en paralelo a su importancia: es el segundo oficio de nuestra historia. Pero, vaya, que le pregunten a las prostitutas si decidieron experimentar qué se siente al trabajar con la herramienta más antigua del ser humano, en el oficio más antiguo y menos longevo. Por supuesto, el menos higiénico y el más grotesco. El menos demandado en este "mercado laboral globalizado".
El caso es, que -y retomo lo de las etimologías-, que aquel que no quiere involucrarse en política es un imbécil. Sí. Eso nos dicen las raíces de nuestra lengua: una lengua que conservar, elemento cultural. Y todos, todos a los que llamamos "estudiosos", arañan paredes empeñados en no borrar nuestras huellas. Hasta los más progresistas predican el conservadurismo. ¿Por qué? Por cultura. Eso es cultura. Cultura es una acumulación de pautas sociales de acción (y pensamiento, como pretenden hacernos creer cuando nos hablan de la libertad de conciencia), un conjunto ya no sólo patrimonial y folclórico, costumbrista o consuetudinario, sino también influyente, tanto que de la dedicación al estudio, cualquier persona puede aprehender conocimientos. Y, precisamente, en política, se estudian los clásicos del socialismo utópico, los padres del conservadurismo y el liberalismo. A los demás se les deja de lado -y es normal-. Y, oigan, es esa nuestra cultura. Realmente, ya no somos unos imbéciles. Sabemos que somos libres y, en caso de no serlo, conocemos el ardid para conseguirlo. Sabemos de estrategias legales, teorías ideológicas y fechas, muchas fechas.
Cuando te han lavado el cerebro lo suficiente, a través de los medios, las conversaciones vacías e incultas del inculto y puto grupo social, estarás preparado para decir que eres libre. Cuando digas que el proletariado ha de rebelarse y abogues por la sangre, una vez más, siéntete orgulloso por luchar. Pero, cuidado, no te confundas. No vayas a luchar por los colores de tu nación, y tampoco vayas a hacerlo por ti mismo. Hazlo por el trabajador, por joder al burgués, por querer una sociedad libre. No busques la libertad dentro de tus fronteras, porque recuerda, no las tienes, eres una pata más de una puta silla de madera seca, corroída y alimentada de ideales.
Cuando tus padres te hayan metido más mierda en la cabeza y provengas de un linaje radicalmente distinto, en el que defender a la libertad sin tener ni puta idea de qué es, sea el pan de tu día a día, ten cuidado. Ten cuidado porque el dinero afecta a la libertad. Cuida tu lenguaje y tu atuendo. Eso es lo que debes hacer para triunfar, junto a una carrera, o, mucho mejor, dos carreras. Pero no las hagas por amor, hazlas por dinero, por libertad. La libertad vista pasar a doscientos cincuenta kilómetros/hora de un Merecedes Clase E, no es la misma que la que puedas ver desde un Opel y por supuesto, en tu bolsillo no cabrán las mismas libertades políticas.
También es mentira. Todo. Las naciones son mentira, a más de uno sorprendería cuál es la definición exacta, en ciencia política, de nación. Tampoco son verdad las ideologías, ¿cómo va a haber una "nación" creyente y capaz de predicar la misma libertad, a una? Iguales son las estrategias políticas y las leyes, adaptadas a la moral. ¿Qué moral? La universal.
Sí, pero entonces, cultura y libertad son hambre y ganas de comérselas.
Pero, entonces, la política, ¿qué es? Pues lo que me venía resignando a reconocer: la mayor mierda que el ser humano se ha echado jamás sobre sí. La forma más horrorosa y despótica de despachar a los ideales.
La medida que pone cifras a los ideales.