
Se inunda de sencillez predicar con el tiempo moviendo las velas. Los segundos, los minutos, cada instante cuenta, cada instante cura, sana y no es digno de convertirse en ola. Ola agitada por corriente fría que mueve este pesado barco hacia un acantilado: pedregoso, pero sano. Entrecomillado.
La madera se agreita con su paso, la humedad ciega y el timón avisa: isla a la vista. Estamos todos locos.
Demasiado sencillo es dar la bienvienida al mundo si con ello entorpecemos nuestra búsqueda, si erramos, creemos y ejecutamos, dejándole a las manecillas cumplir con su trabajo. Todo es más complejo que eso, que ese, que el tiempo. El loquero de los insensatos, la solución al temor de viajar a estribor cuando nuestro rumbo partía a babor.
- ¡El capitán se ha vuelto loco!
- Déjalo, el tiempo lo curará todo.
Y llegó mi barco, con su piel y su energía. Su mar en los ojos, llenos de sutileza, de pasión. Rotunda. Salvaje, querer y no poder, poder y no querer, ahogada en tirar de la sien. Ocupados en resolver que el tiempo nos hace arder.