
Eso del hemisferio derecho viene de la ascensión aquella que con el calor dilató los peldaños y dejó que los pasos se agrandaran, formando un hueco cubierto de aire y de cáscara amarga que terminó por oxidar el propio hierro de su fundamento, el pilar que sostenía la racionalidad incontenible, heredada y desconocida de cada pierna volcada al siguiente trozo de escalera.
Lo del hemisferio este, por añadir colegueo geográfico a la cuestión, viene del peso que tambalea la cabeza y que, incondicionalmente, la convierte en bola de demolición (sociedad limitada) cuyo objetivo es la garantía a la clientela del fin neto de los edficios de los enamorados, de sus luces y sus desastres. Se produce cuando la orogénesis alpina del primate y anticuado cerebro humano empuja los sedimentos de tanto tiempo atrás y deja cuencas en forma de depresión que se acumulan entre tanta masa gris y no piden identificación a ninguna de las cárcavas que, con espadas y banderas, demandan un trozo de relieve cárstico. ¿Están locas?
No, no... Lo de la parte derecha, en jerga y énfasis mío, es un tío con chupa de cuero, que se cree filósofo de once a doce de la noche (de tres a cuatro) y tiene diminutos clientes alumbradores que prenden su obra cuando dciden recorrerla. Críticas de locos. Es una voz que se oye de forma reitrada entre los rescoldos de las sábanas usadas, de arrancada confianza y sangrante dentadura.
Lo del hemisferio derecho, es una de esas cosas del determinismo con las que uno no cuenta.