viernes, 12 de marzo de 2010

¡Fragmento que anticipo!



Contexto: 24 de enero de 1977

Personajes: Él (carta a Dehostil)

Amada, estimada y recóndita Srta. Dehostil:


Permítame que la tutee, pero hoy me acuerdo de ti, más que nunca, pequeña fiera que lleva por furia sus galones. Hoy, precisamente, siendo un día que no dice nada, a escasos minutos de caer al vacío en el recuerdo de antecedentes desoladores para España y entre cuatro fogonazos, residuos de cuatro velas que iluminan el despótico quehacer de mis entrañas.



Nosotros conocíamos España. Salíamos de casa a rodearla, cada mañana, sin apenas habernos enjuagado la boca, luchadora y vencedora de una noche. De la más corta de todas. De la «más» de todas. Acostumbrados a escurrirnos entre los sonidos sutiles e insinuantes de tu música sensual, provocadora y arrolladora, digna de tomar las cotas climográficas más altas.



Hoy, a ráfagas destellantes que me hacen recordar el calor de un motor a la espalda, frente a frente con esas enanas blancas y esa gigante amarilla, a veces tímida, te recuerdo. Y esta vez sin sollozos ni esperanza residente. Ahora es el adiós un okupa en mi pecho. Si tú estuvieras ahora para tocarlo, para sentir todo el trabajo que ha pasado por él, esperando tus rebeliones, tus mordiscos… Si tú pudieses disfrutar, un pedazo de segundo, de pasar entre mis sienes y ver todo lo que allí se mece… Comprenderías desde donde quiera que estés, que tengo el alma fuerte y el corazón endeble, arrugado y recogido, temiendo una y otra vez que arrojen cenizas contra su esplendor. Tú lo sabes, ausente omnipresente, de qué calaña está construida esta rígida estructura seca y rojiza, sangrante.



Es el borde ahora, en una España aquejada por el dolor y la muerte de un aniversario fatídico, donde me encuentro con mis dedos, comisarios de mi nerviosismo. Hipócrita de mí, que tantas horas paso en busca de tu doble, sin rendirme ante los pies de la mismísima muerte, ahora postrada ante toda esta colectividad, homogénea y sin necesidades. Necesito, por efecto de la subcontrariedad, aquel mágico instrumento que sabe sacarme con pinzas de paladio la espina acartonada y sin precio que choca una y otra vez contra la imposibilidad de escuchar tu voz.



Se quejan, sin parar, los movimientos entre las mejillas, que han conseguido empaparse de sal. Entre sístole y diástole sube un licor sin destilar ni tratar, ardiente como el mismo infierno y que destruye a latigazos el intento de mi respiración por salir a flote. Y tú no la dejas, de siete a once, cada noche, nadar entre el mar.



He puesto ya el número, que sin ser número, es infinito, como nombre a tu piel. La he llamado con todo apodo, ha sido objeto de mis luchas, de mis olvidos y mis reencuentros con mi realidad, con mi fáctica, triste y dolorsa existencia, hundida en la pesadumbre de un mañana igual, en una vida geométrica donde es la espiral la corona del rey que va a dictar en una España que nos queda por visitar y que prometiste traer a los trozos de madera que sobresalen de tu cama. He sido inventor de todo ardid indispensable para traerte. He contado, siempre en pretérito perfecto, todas las lunas de tu espalda que el recuerdo me permite ver en sus cruces con terraplenes de acongojante pendiente. He pintado todos los cuadros que las torceduras de tu abdomen, restos que un violento amor dejó, con el beneplácito de mi siempre fiel amigo: tu ombligo, tu "acelerador". Un acelerador que da al corredor la distancia ínfima, necesaria y peligrosa para dejarse caer. A veces, nosotros descansábamos a la sombra de esos barrancos. Otras el agua nos llevaba, y otras, la almohada potenciaban tu sonrisa, dulzona y digna del mejor de todos los museos. Pues ahí estaba ella, deseando ser besada por el colosal clamor que despiertan mis labios tras tu oreja, deseando ser pintada por los lapiceros que un día desdibujaron tus pestañas entre fotogramas y sábanas.


PD: Sienta usted entre los recovecos de este averno, cavernoso y podrido entusiasta, la sagacidad y verdad de sus palabras, corroboradas entre aplausos que ayer mismo, trocearon su fibra más sensitiva, que no se corresponde con la sensible.