jueves, 18 de marzo de 2010

Capítulo Cuarto de [...]


[...] Allí, apoltronado en la cama, cada mañana, jugaba con mi catalejo. "Toma, disfruta de las vistas a las que el ser humano jamás podrá asistir", dijo la noche antes de marcharse. Entre la torpeza de desear y querer me arremolinaba, como queriendo encontrar los pequeños ríos de lava que ya habían surcado los mares de tan vasta explanada, ajeno a todo lo que pasaba de cintura para arriba, ajeno al cartón de mi observatorio, desde el que divisaba si la vista se me había despertado lúcida, el contorno de la puerta y la penumbra que dejaba el halo de luz, cada minuto menos tímido.

Bastó alzar la vista para verla a ella, después de todo ese tiempo, después de todo ese infierno, allí estaba, y había encontrado un nuevo compañero al que susurrar tras la oreja. "Toma, disfruta de las vistas a las que el ser humano jamás podrá asistir".