
Déjame que te explique, en qué consiste mi fortaleza:
Un alto en el camino entre el valle y la montaña, en medio de la nada, donde sólo queda el aliento del ganador que llega a su meta, nunca viene mal para pararse a pensar. Un alto entre la montaña y el valle, pone boca abajo a cualquier mente-sujeto. La cuesta se desvirtúa si pensamos por la noche, pero ahora es de día y a pesar del frío (que me encanta), el olor a humo desgastado (que me encanta) y los colores retrocatadióptricos (que me quieren), a este le apetece sonreír sin pasar por la puerta del coche, sin bajar la ventanilla, sin tener que coger velocidad como un loco hasta estrellarse en un paraíso petrolífero lleno de arrecifes rellenos de sexo salvaje y barcos que zarpan para decir "hasta nunca".
Al final, la vida se queda en eso, en una vida, en un amor, en nuestra publicidad, en que nos sepamos explorar y no nos haga falta casco, ni machete, y mucho menos... Un guía. Aquí nadie necesita linterna, todos estamos solos, y aprendemos a vivir solos. Algún día, llegaremos, todos y cada uno de nosotros, a sonreirnos por dentro, y ningún autor surrealista nos cortará los ojos para metaforizar que no podemos mirar más allá de nuestro horizonte. Yo sé dar la vuelta a los ojos, y no soy andaluz, aunque tal vez sí un perro, pero con chapa. Este perro sabe a qué pertenece, es consciente de que ya no necesita lazos que aprieten más de lo que aprieta un cinturón cuando abres, pisas el suelo, verde, cuneta, parón. Pureza.