
y que nunca leerá esto;
a Marylin, de la que tanto aprendo en cada reunión
y a Eva, por su fotografía y su arte.
Nado algo cansada, la vida es una jaula, blanca y espumosa donde todo músculo se entumece ante cada brazada, ante cada intento de abrir el portalón que me lleva a la luz de ese fuego. La vida es una conjunción armoniosa de barrotes en las ventanas que se acomoda en mi sien, y ahí paso los días, sola, ante los sutiles recuerdos del imperecedero y cruel amor que, hace hoy sesesenta vidas en la cronología felina, me clavó un puñal, a cara descubierta, en la mitad de esta abrupta geografía que es mi pecho. La hoja, bañada en plata, como la máquina de matar que acostumbraba a utilizar el Señor del Sombrero de frente a mamá. A pesar de ello, nunca supo donde se escondían los sentimientos que, lustros atrás, inundaron de lágrimas y sonrisas, dejadas caer ante la conflagración de su afecto.
Y yo pensaba, metida en la cama, ya por las mañanas, rebuscando entre los mil y un senderos fríos que ese día me había regalado la colcha, que si pasaba el tiempo, me bañaría en sus pestañas, en las de mamá, para decirle una y otra vez, postrada ante las baldosas que le dieron sepultura, que la amaba, que la quería, y que el S.S. (Señor del Sombrero) era malo, con el único argumento que pudiese dar una niña de yo que sé cuántos años. Que se acurrucaba aquí, el loco asesino, como esta piscina, en la sien, y hacía a los días buscar en sus horas los segundos de alegría... Y, en paralelo recuerdo a mi papá, salían a chorros de mi garganta las ganas de gritar, o de llorar, o de pensar, que es lo mismo.
Pero aquel señor, si tal título cuasinobiliario era digno de sus hazañas, vivía áquí cada vez que yo cerraba los ojos... Sin embargo, esta jaula es inamobible. No despierta, ni duerme, ni muere ni resucita, no es alegre, ni triste, ni negra, ni con hambre o sin él... No sé qué es, a pesar de su inmutabilidad. Aunque a veces se abre un forzado hueco allá a lo lejos, como queriendo tragar con sus fauces todo este estable universo. Se abre a los dos mil kilómetros que me separan de él, por donde diviso con pena y agonía a dos señoras, una algo anciana, de sonrisa artificial y siempre puesta, la otra, más vieja y enfermiza, lucha con sus arrugas para poder respirar.
El otro día, hace siete siglos, su amenaza fue más directa, condundente y agresiva que nunca. Si no paraba de gritar, no me bañaría. Pero era mentira, desde que me trajeron he estado al borde del ahogo, cada tres segundos, en un inmenso y pálido océano de turbulentas ondulaciones, en la antítesis del nacimiento de Venus, en el brazo amigo de los meses de calor. Un mar con una hendidura, allá, a esos dos mil kilómetros, separada de mis suspiros. Cada vez que las señoras tenían órdenes de sacarme de paseo, no sin mala gana en sus agitados rostros, cogía yo mi catalejo, y le gritaba una y otra vez a las estrellas, putnos de fuego para trenes de medianoche, que, ante su valentía, demostraran su destreza ante S.S., y luego, vencido, me llevasen con ellas cerca de los abrazos que siempre eran promesa.
Desde que malgasto mi tiempo aquí dentro, he ingeniado toda forma de convertirlo en funeral, de ver la cara de mamá, allí, hundida, ensangrentada, con una camisa roja por bandera y una túnel vacío por paisaje.
Cuando lelgué a casa, su brazo topó con la puerta, Su brazo hizo presión con la puerta. Cuando duermo, siento en estas tiras de piel y hueso ese forcejeo. Estaba tirada mamá con tan poca elegancia... ¡con tanta repetición se me cruza! Tanto agobio, tantas puertas, tanta presión, prisión... Cuando subía con papá corriendo, hace tres millones de años, ella daba con picardía besos en su cuello, mientras él aseguraba que no me dejaría entrar. ¡Sería él el ogro, tan gracioso y simpático que ese día se zamparía toda las golosinas! Era broma. Mi papá me quería mucho, muchísimo. Yo lo sé porque nunca me dedicó una mala cara, porque siempre me dedicó, desde las trincheras de su sabiduría, toda defensa. Desde el horizonte de las bromas.
Ahora que he dejado el catalejo, y si eso que acostumbra a, paradójicamente, olvidarme, recuerdo un día en que reí como nunca. Y no puedo decir más, una vez más y más, más...
Sé que papá ponía caras divertidas, que cabeceaba y balanceaba su espalda a cada paso que daba, intentando ser el jardinero de todas las sonrisas que en neustro invernadero se cultivaban. Mamé siempre reía también. Yo me acostaba, y siempre se besaban al finald e cada sueño, como "indicio convertido en símbolo", como meta que arde al llegar su ganador, como cualquier niña inocente que regala un trozo de corazón a sus padres el día de San Valentín.
Pero hubo un día, de entre tantos que recorren esta obsesiva repulsión minutera, en que Don Sombrero y Traje Azul, acosaría a este borrón del cuadro de Dios, a su emoción inadmitida en el el cielo de los furores, donde afloran las flores de las emociones. Papá murió. Lo dijo éste en la franja de las bromas, en la aduana de la risa, la frontera de la legalización de los papeles de mi sonrisa. En efecto, pasarían una, dos, tres y mil semanas y onde mil doscientos años para darme cuenta de cuantísimo echaba mi frente de menos ser besada cada 19 de marzo, cada Pepa.
Siempre había un dibujo de él, el mejor de los retratos, consigo mismo adornado entre jardines del Edén, ornamentados con la más sinuosa de todas las posibles acacias. Siempre lanzaba besos con sus manos anchas, que retozaban entre la frente y el pelo de mamá, avergonzados. Era toda una representación de su picaresca. De sus besos callados, sonrojados en la cara, temerosos de iniciar su viaje entre el pelo, liso, suave. Sedoso. Era sedoso. Mi dibujo lo era. ¡Lo era mi dibujo! Y también la abuela, que miraba desde las nubes. Eran sedosas. Ella lo era.
Así se volvieron infinitas las caminatas a casa, con mi cara triste y mi sonrisa robada, reflejándose en las lunes de los coches, sin él, con un señor en casa, dispuesta a arrebatarme el único vestigio de mis pálpitos. Inocente... como la niña que algún día debí ser, como loq ue, supongo, algún día fui: inocente, sin saber bien lo que es, más allá de las lecciones lingüísticas de la señorita María. Era un adjetivo sin duda. No yo. Ella. Ella dentro de mí, la inocencia, azotada frente a los latigazos del pánico doméstico. Nunca más debí usarlo, siempre jamás me lo había prometido. Hasta hoy, que me coacciono a ser inerte, a decirme "inerte", presa de la inocencia; que me río de mi risa y de mi vida, de las cosas que no tengo, para pedir más de mi camino hacia papá, que me espera para besarme; hacia mamá, que un día lucho por quitar su brazo, encharcada, de la presión que nunca debió hacer ante la puerta.
Cuando dejo el catalejo, el dichoso catalejo, y ya no sé cómo enfrenatarme al Universo primitivo, después de mis paseos, me acuerdo de la copa, del sombrero, de los papeles que me rodeaban cuando mis clases de amor se trasladaron del salón a la nada de un cuartucho. Y les digo a las señoras que así soy, inocente, y me responden igual que siempre, con la m,isma redundancia característica de una vida vacía, sin aroma tras dejar de lado el apogeo cívico de años y años sentadas frente a los kioscos, esperando noticias del frente occidental... Que me calle, me amenzan, o no me bañaré. Pero yo siempre he sabido su mentira, su broma, como las de papá, porque ahora iríamos a la piscina, y me tiraría de cabeza, me diría de nuevo inocente, sin saber qué significa. Intentaría presionar. Y sólo lo intentaría, porque cada vez que vienes aquí, te juntan las manos, te aprietan los brazos con una camisa forzada, te callas y te bañas.