
Tenemos el mundo en nuestra mano. Un infinito y tonal mundo de color. Encontramos el saludo en cada esquina y la despedida en las líneas recta. El carácter oblicuo del querer, siempre girando contra la trasversalidad del viento y la pared, se torna y discute, dispensa de improperios propios de un rebelde, contra la lentitud de aquello que todos conocemos, en una u otra forma. Olvidar es morfológico y plural.
"Aleluya", se decían los cartujos en sus monasterios, y otras tantas invenciones concepctuales han rodeado la mente y pateado las sienes humanas, pequeñitas, diminutas y "monorraciales", monstruosamente incomprendibles, y han dado culmen al fin del borde de la catársis. Hay quien todavía se atreve a preguntar por la continuidad. Y a quien ya se atreve a ensordecer.
Nos prestamos al temporal, ávidos y valientes, nos codeamos con la locura de no llegar al final de una, reiterada, recta. Nos quejamos y somos una fierecillas, diminutas, carne de cañón, restos estelares que toman de su mano el "deber ser" de su compañía. Y no se dan cuenta, tantos restos, que hay una franja estrecha, una angosta cuerda desgastada que sujeta nuestra esencia, tan impura, tan sucia y malcriada.
Nos tiene este mundo agarrados, y lo hace por haber sido educando del mayor de los terroristas: el ser infrahumano que nosotros mismos supimos destruir.