
martes, 23 de febrero de 2010
Olas antropomorfindependientes

No lo sé, de verdad. No sé hasta cuando estos huesos aguantarán tanta piel. Temo el vaivénde las olas, tan aterradoras, tan... juntas. Odio los espacios cerrados, sus trenzas se han ganado mi respeto, rubias, soleadas, que suben hasta arriba. Después de todo, sigo sin saber andar entre tanto matorral ni caminar bajo el mar, que es de nadie, porque nadie es personal y cada persona es un mundo, y en cada mundo hay más de un mar, y yo no sé, no, no lo sé, si mi pobre cara quiere seguir cayendo contra este vendabal, rogando a las rocas, durante la caída, su huida siempre con rima y sin saborear. No me gusta la sal.
Inicio, avanzo, cruce y vuelo entre lo involable. Materia volátil de gas interplanteario, rondando entre las estrellas, asteroides y meteoros caprichosos, seguros de la hora exacta de pose sobre tu superficie. Y en clave familiar, le llamas meteorito. Y en clave cariñosa, es ternura salvaje. Y en clave dudosa, no sabes, tú tampoco, si te apetece morder el vacío de un pasar y pasar entre arrepentimientos antropomórficos con mecanicismo propio, capaces de invadir el área oculto de las drogas para comerte. Comerte entera hasta no poder más, hasta parar y que te canses de pedir más. Comerte entera y no verte más. Más, más, más. Y cuanto más, llega menos. Y cuanto menos, quiero más, y si no, no quiero. Y si no eres el mar, para no saber andar, para nadar, no me quieras nunca más.
"Seguí la trayectoria que llevan las nubes, que yo estoy medio loco también"