No somos la creación de Dios. No somos, ni fuimos. Nunca seremos el último retal de la misericordia y la buenaventura. Dios nos odia; y su rencor asola nuestras almas por igual. Rodamos por la vida como leones, asustados como corderos al hombro, haciéndonos pasar por fieros jaguares limitativos de nuestra verdad, lanar. Tendemos a finito porque desconocemos infinito. Cazamos ratas y las masticamos, nos masturbamos de pie, en público, de rodillas y a solas, pidiendo perdón por nuestros pecados al Supremo, rogando a las personas haciéndonos pasar por lo que se nos ve desde allá, al otro lado de lo que no es el hormigón. Parece que la Tierra tire de nosotros.
Somos la creación del Tiempo y del Espacio, la circunstancia de ahora en este lugar. Somos y seremos, y seguiremos siendo mientras el perdón siga siguiendo siendo lo menos racional y más humano. Nos cagamos encima y nos desangramos, postrados, espectadores del bonito final que es follarnos. ¿Combatimos? Compartimos. Golpes y reveses en el tramo inicial. ¿Cómo coño vamos a terminar?
Mal. Dios nos odia a todos por igual. Y su rencor pesa como marchita nuestra fe.
Menos Mal, que está ahí, óseo, el Perdón.