jueves, 11 de febrero de 2010

Hasta mañana

Ella cree ser una mujer de metal, y ella, ciertamente, es esa "femme fatal" de la que hablaba el realismo francés, desde la explicación axiolóica liberal a la transición al existencialismo. La mujer que se ocpua del Mal, pero que sabe hacer tanto bien cuando traspone las fronteras de la piel a la máxima amorosa del costado de la mente, siempre con sus tambaleos entre faltas y mimos.

Amigas han comentado, en zonas bajas, que es ella quien se encarga de dar el aire oscuro que ha de adueñarse de cada hombre, en este caso, del pobrecito hablador, seguidor de la especialidad astral de dar explicaciones a la conspiración universal de su propia Historia Personal. Mujeres de esas, que atan de obsesión a sus esclavos y les permiten andar, no sin las cadenas oxidadadas del agua que empapaba ayer sus pechos. Es ella quien da ese toque de interés suscitado por su propio juego, por las "reglas del juego", ahora a varios metros distanciados de las sábanas, tan robustamente atadas a los pies.

Los pedacitos que ella deja, son eso, pedacitos imposibles de recomponer, porque nunca hubo nada que encuadrar dentro de un mismo marco y en el fondo de unos ojos buscadores de la cumbre del placer, semiabiertos y obsesos, deseosos de burla y picaresca. Grácil agua que se escapa entre las aberturas del "mañana habrá más", y donde el "mañana" nunca fue mejor, porque nunca adquirió el conocimiento suficiente para enfrentarse a la realidad del dolor, indicio de marcas a horas tempranas en el resto que queda de las muñecas de ese Fígaro.

Ella, es un mujer de metal, y por ser tan fría, el olvido ha decidio comenzar su rutina, larga y dolorosa, acompañada de voluntad: la voluntad del "mañana" que nunca llegará, como la muerte opuesta del escritor que decide que ya no quiere dedicarle ni una sola línea más, por haberse cerciorado de que la sanción es inferior a la coacción.