
Hay escribas, mecenas de su melancolía, sustentada de forma sucinta con el jolgorio de su demagogia, con su crítica fugaz y, una vez más, vertiginosa, ni mucho menos distante de la realidad que rodea a sus tablas.
Pero como todos los escribas, no dejan de tallar los deseos del amo, una vez encerrado en un saco forrado de piel y otras, en un entorno cuasifamiliar de atmósfera compuesta por el metanol de su droga: la eternidad. La eternidad de las promesas que se hacen a la par con las señales que da aquél. Se refiere el traductor de la ralidad, al mayor invento mecánico de la Edad Moderna.
En efecto, es su complejo funcionamiento quien adopta la postura de ese amo, ahora decisivo en la escala de valores, en los mandamientos de esa tabla, de ese, como suele gustarle a este, vagón en blanco.
Nada más alejado de esa verdad cambiante, es el continuo "factor horizonte". El "factor horizonte", culpa de la horizontalidad inconsciente a la que los obsesos remiten una y otra vez es una línea divisoria que separa las dos cuencas mentales de la cordura y la locura. Es tan refinada, tan elegante el horizonte...
Y la culpa de su refinamiento, es, una vez más, el excedente de mecanismos controladores del "ahora" y del "dentro de un rato", de la ausencia, la carencia del "te lo advertí", que siempre es más linda que "decir" y más lenta que "saborear".
En cualquier caso, el pobre ocaso esconde tras su penumbra un hechizo para el escriba, como hemos sabido de antemano, esclavo del compromiso de traducción de la realidad, con sus furias y desencantos, con sus advertencias.
Aseguran, las malas lenguas inventadas en este horizonte, que es mejor cruzar el umbral y dar la bienvenida al caos, al desorden de vivir en un mundo afligido por los pasos que lo forman.