jueves, 1 de abril de 2010

Soldados y paisajes

Si tengo que describir tus ojos, me quedo con el mar. Lo tomo, amigo y hermano, como vulgar, donde lo importante, para tí, sea bucear. Donde allí respire tu clamor. Lo hago por la vibración de mi tambor. La miel de tus pupilas cerca por efecto de la gravedad tanta inmensidad y hace de tu iris la perfección aritmética universal.
Por favor, no me dejes nunca naufragar entre tanta sal, donde tan poca sangre pueda ahora parar. Donde tan grande dolor, me pueda secuestrar.

Las pestañas alineadas sin alienar, formas filas legionarias, tomando por sargento mis movimientos, ansiosas por cargar contra el enemigo. Contra un enemigo plantado en la otra orilla, tratando de descifrar el brillo de su porqué. Y tus piernas tensas se balancean.

Y en lo más hondo de esta claridad, ocultas quedaron las heridas que de este sabor suben de tu paladar para estallar en el espejo de tus entrañas. No me gusta la palabra "alma".
Y si me pides una canción para tus labios, que tomen mis torpes manos la habilidad necesaria para coger velicidad. Que sea una carretera mi inspiración. Abróchate el cinturón, que los vamos a tocar, que los vamos a besar. Y en la primera salida, ya se nota la curvatura, imperiosa, peligrosa. Colosal la rugosidad del arcén, ansioso de sabor dulzón, del de masticar este corazón que, adicto, manda órdenes a la infanetería de mis dientes, que desgarran como piadosos cobardes, ilustrados en el cariño y la sed, la suavidad del nuevo puente al que ascienden.

Mitad del camino. Mitad de tus labios.
Comienza la cuesta abajo y mi mente anda clavada en la imaginación milimétrica de tan caluroso espectáculo. ¡Que alguien te explique lo que está pasando! Que ahora la tropa de tu boca toma carrerilla y rompe con la seguridad de esta cueva. Se han acabado las curvas y tus labios han ganado.

Pero yo sigo, por esta enorme recta que conduce a la comisura, esquivando los obstáculos, esquivando tus lunares, donde el ocre, fracasado, se inunda de la jugosidad carnosa de su dueño. Donde tus lunares se pierden pidiendo auxilio entre los retales de tal pieza de museo: tu boca. Hemos llegado.

Entre tanto trozo de guerra. Entre tanta batalla, se respira en tu aliento la necesidad de alimento, de querer más. De desear. Si fuera tu nariz la demandante, ahora, de este mercado de palabras, tomaría este aprendiz por canon la modosidad con que las lomas ascendiesen pleistocénicamente, si acaso tal oferta existiera, hace millones de años. Como si la nariz tuya fuera el resultado perfecto y orogénico-herciniano de la suavidad del pincel de Miguel Ángel, aunque caída y buscona, como refinada obra maestra de El Greco. Suave y habilidosa entre el oído ajeno; con dos decisiones a tomar si quisiera hacerte explotar, cada cual más pequeña que la otra, cada cuál más oscura que la otra. Y yo, sin el tamaño adecuado para entrar, podría derrocar todas las monarquías de sus adentros e instalarme, viviente, dentro de tu pecho.

Y si rogases blasfemia para tus orejas, no podría mi lengua insultar tan ilustres rastros pétreos. No podría ante dos lagos armoniosos de delgadas aguas, pegados a al "zona beso" donde alguien en la Creación jugueteó, dejando su magia a mi composición, ante unas ondas armoniosas que alabar. Te diría: "he aquí la primera transmutación histórica, el primer paso tras la conversión del pan y la carne, del esperpento a la perfección humana matemática de Da Vinci". A la perdición.

Y ahora, deja deslizar entre este castillo de corrientes, los albinos toques de inocencia de tu piel, buscando en la fricción de las olas de tu espalda, el placer de escuchar tu pelo cabalgando. Tu pelo dentro de la más bonita de las poesías jamás creadas. Tu pelo rubio, tu pelo Sol y sus rayos como trenzas encendedoras del habitáculo de tus historias, del origen de toda la teoría sobre amar; del epicentro de mis culpas y desencantos. Oculta mis dedos entre tan enmarañado puzzle de cabellos, caballeros que lidian con las estrellas a la noche y las nubes durante el día, siempre en busca de la necesidad de ponerle nombre al paisaje de tu cara. Tu pelo y yo.

Salvaje este sol, encendido y corredizo, juega a esconderse tras tu espalda, con la picaresca manía de desafiar a mi ambición.

Con la equívoca idea de confiar en mis dedos.
Con la gran idea de confiarme sus versos.